miércoles, 17 de febrero de 2010

Ejercicio: "Víctima de un accidente". Asignatura: Prácticas de escritura.

Los niños. La cena. Me duele la espalda. Mañana, reunión en la oficina. Miguel. Se acaba el curso. Vacaciones. No, cariño, este año no toca playa. ¡Mamá, hambre! ¡Calla! ¿Dónde está el escurridor? Ya saldremos adelante, Miguel. Cola del paro. Yo te acompaño. Llanto. ¡Que ya va! ¿Y el escurridor? Se pasa la pasta. Más sal. ¡Joder! Todos los platos al suelo. Añicos. Ya voy yo. No, Miguel, déjame a mí. ¡Mamá! Victoria, fuera de aquí. ¡Mario! ¡Baja de la encimera! Cuidado con los trozos. ¡Que bajes! Mamá, tengo hambre. ¡Deja eso! La cazuela.

Quema. Arde. Gritos. ¡Apártate! ¡María! El grifo. ¡El grifo no! Mamá... Llantos. Victoria está a salvo. Mario, a salvo. Abrasa. ¡Mi pecho! No te veo...

¿Cariño? ¿Me oyes? María... cariño, estoy aquí. Todo va a salir bien. No, ahora no hables. Cierra los ojos.

Vendas pegadas al pecho. ¿Cuándo era la reunión?

Candela Martín

martes, 16 de febrero de 2010

Ejercicio: "Un microrrelato que utilice las técnicas del género de terror". Asignatura: Lectura Crítica.

Llovía. Santiago no daba tregua en otoño. Ya estaba acostumbrada; demasiados años bajo las frías y afiladas gotas de sus mañanas, sus tardes y sus noches. Pero aquel atardecer no iba a salir de casa. Estábamos en pleno mes de febrero y los exámenes se avecinaban, por lo que me puse la bata y me senté en el estudio, completamente dispuesta a tragarme todo lo que los libros me ofrecieran. Hasta aquí todo normal. No esperaba que en pocos minutos fuera a acontecerme el suceso más terrorífico de mi vida. Un suceso tras el cual no habría vuelta atrás, tras el cual no habría más inocencia. Tras el cual, Pipa y yo no volveríamos a ser las de antes.


Pipa, mi cocker spaniel, se acurrucó en su camita muy cerca de donde yo posaba los pies, bajo la mesa de estudio. Los truenos no cesaban de sonar, pero ambas los conocíamos muy bien; ya no nos sobresaltábamos. La poca luz que quedaba del día se iba apagando tras el cristal de la ventana, obligándome a concentrarme cada vez más en los libros, que exigían mi total atención.

Pero, de pronto, Pipa dio un brinco. “¿Qué te pasa, bonita?”. No contestaba. Cuando veía algo extraño, solía ladrar y reclamar mi atención; era una perra miedosa. Pero esta vez se quedó completamente quieta, mirando hacia la puerta con los ojos desorbitados. “¡Pipa!”, grité asustada. No se movía. Me acerqué hacia donde ella estaba, casi temblando. Notaba cómo el vello se erizaba sobre mi piel y el modo en el que los dientes chirriaban dentro de mi boca. Tenía que cogerla en brazos; se tranquilizaría y todo esto quedaría en un susto. Extendí mi mano derecha hacia su pequeña cabeza, que continuaba fija sobre su cuerpo tenso. ¡Zas! Sacó sus afilados colmillos, cubiertos de sangre, y me mordió con todas sus fuerzas. Mientras yo gritaba de dolor, ella continuaba contemplando la puerta, completamente absorta. Mi mano, que no cesaba de sangrar, me exigía salir de casa y buscar ayuda. Pero fui incapaz de acercarme a la puerta. Simplemente me quedé mirándola, aterrada, mientras sentía cómo la sangre iba inundando el suelo y mi tez se iba quedando cada vez más blanca. De pronto, noté dos pinchazos sobre el labio inferior. Pipa me miró, relajó los ojos, cerró la boca y destensó el cuerpo. Se quedó completamente dormida. El terrible dolor de mi mano se pasó a mi boca, no dejándome respirar. Algo estaba creciendo en ella. Algo que iba a cambiarme para siempre. Me agaché para tocar a Pipa. Tenía un mordisco tras la oreja. La puerta se abrió.

Candela Martín

Ejercicio: "Cambio de ritmo". Asignatura: Técnicas de la Inspiración.

[El ejercicio consiste en escribir un texto compuesto de tres párrafos; el primero, con un ritmo lento, el segundo, con ritmo rápido, y el tercero, con ritmo lento otra vez. El texto ha de tener sentido y el cambio de ritmo debe ir justificado por la narración.]

La terraza, repleta de personas sentadas en sus sillas de aire ‘retro’, estaba situada bajo el sofocante calor del mes de agosto, en el cual suelo coger las vacaciones. Aquel año, sin embargo, María y yo no habíamos podido salir de viaje, puesto que Fernando, nuestro hijo mayor, estaba castigado sin salir de casa por sus malas notas y, por tanto, también nosotros, padres ejemplares que renuncian a su merecido descanso con tal de educar como deben a su primogénito, en el que apoyan siempre sus propias frustraciones, inocentes víctimas del sistema, me decía ella desde hacía dos horas, mientras el sol calaba en mi cabeza sin escapatoria, cuando, de pronto, vi cómo Vanessa pasaba por delante.


Tan guapa como siempre. O más. El corazón me latía más rápido que nunca. Me miraba. Nos miraba. No podía creerlo. Iba a hacerlo. Iba a delatarme. Le contaría a María toda la verdad y sería el fin. Fernando ya nunca sacaría buenas notas. Su padre sería un putero y su madre una cornuda. Pero, ¡estaba tan guapa! Vanessa, Vanessa… Notaba cómo los nervios crecían en mí. Y no sólo los nervios. Me estaba provocando. Se tocaba el escote desde ese árbol. No podía más. O paraba o esto se acababa. Se acababa ya. Tendría que contárselo yo. Cosas que pasan, ¿no? La vida, diría. Es la vida. Pero, ¿cómo? Vanessa ya no estaba. Debí despistarme un segundo, sólo uno. La quería allí. Pero no debía quererla. No estaba. Suspiré. Qué alivio.

Antes de mirar de nuevo a María, que continuaba hablando como si no hubiera notado nada, detuve mis ojos durante unos minutos en la cerveza que tenía delante; suave, espumosa, fresca aún e inocente ante lo que acababa de ocurrir, aunque, como yo, sabía que en poco tiempo habría terminado, pero no era el momento de que ella se enterase de lo mala persona que es su marido, ese hombre al que no hace tanto dio el ‘sí quiero’ porque él se lo había pedido, ese loco enamorado del que no podía deshacerse y con el que no iba a tener nada más que una amistad porque no le amaba, sólo le tenía cariño, y entonces volví a pensar en Vanessa y terminé lo que quedaba de un sorbo, un sorbo eterno y un sorbo último que no daba espacio al siguiente, porque no había siguiente sin él, porque el siguiente, si cabía, era el vacío de su oscuro y empañado fondo.

Candela Martín

Ejercicio: "Un trayecto en ascensor". Asignatura: Escritura

Acaricié el botón del séptimo piso. Una derrama de 100 euros por vivienda; estupendo para la crisis. Es cierto que abrir y cerrar manualmente las puertas del ascensor era, cuanto menos, molesto. Pero yo encontraba cierta satisfacción en ese habitáculo de toda la vida, tan parecido a aquél que resultaba tan moderno en el edificio de mis padres cuando era niña.


El hecho de que fueran números táctiles me resultaba demasiado tecnológico. No podía dejar de pensar, cada vez que subía y bajaba, que en cualquier momento de estropearía el sistema y me quedaría encerrada, sin poder marcar el número de emergencia puesto que a éste, también, se accedía a través de un pulsador táctil.

Lo que no sabía es que iba recogiendo gente por el camino. Menuda gracia.

- ¿Sube?- dijo una voz. Sin mirarla (seguía muy atenta en los números de los pisos) asentí. Debíamos ir por la tercera planta cuando me di cuenta. No cabíamos bien. Mi cuello tuvo que girarse hacia el espejo debido a la falta de espacio y mi cuerpo se había quedado torcido. Repasé en menos de un segundo mi aspecto, sin prestarle demasiada atención, y pude verla. Una tripa de embarazada; posiblemente la más grande que había visto nunca. O, quizá, la única a la que había prestado algo de atención. Como en señal de protección, la mujer, de la que continuaba sin conocer el rostro, se acarició ese bulto extraño durante unos segundos. Fue entonces cuando me atreví a observar su cara. Los labios, muy rojos y sonrientes; los ojos, brillantes, dejando un rastro de tiernas patas de gallo sobre el rabillo. Volví la mirada hacia mí misma. Apagada. Fría. Vacía. Sola.

- Hasta luego.- dijo, de pronto, la misma voz de antes. Estábamos en el sexto. Ni siquiera me había fijado si había acariciado las teclas táctiles al entrar, como yo, o si se sentía incómoda por la extrema proximidad de nuestros cuerpos durante esos instantes. Se había marchado. Se habían marchado. Sin girarse para mirarme.

Candela Martín

Ejercicio: "Un instante y toda una vida". Asignatura: Técnicas de la Inspiración

[Para la asignatura de Técnicas de la inspiración, la profesora nos encargó hablar sobre un instante en 3/4 de folio, y sobre toda una vida en un máximo de 5 líneas]




INSTANTE



Cuando me quise dar cuenta, ya no había vuelta atrás. Mi ceño se frunció, mi puño se apretó, sangrando la línea de la vida de mi mano con las uñas. ¿O era la línea del amor?


Ella gritaba y tenía los ojos desorbitados. Apenas fue un segundo. Tan rápido, tan fácil. Con toda mi rabia, aquélla que desconocía hasta entonces, desplegué mi enfado contra ese rostro tierno que se había vuelto amargo. El puñetazo salió de mí como un niño travieso, sin respetar las normas de la lógica, sin acordarse ni por un segundo del amor, de la decencia, de la realidad. Nunca hasta entonces mi cuerpo se había pronunciado de ese modo contra mí; nunca así. Laura nunca lo hubiera soportado. Algo incomprensible, inesperado, pero tan cierto como aquel gesto desconcertado, aquella última caída de Laura que duró lo que tarda un pájaro en elevar el vuelo cuando se acerca un depredador. Y, a la vez, lo que tarda un hombre en destruirse a sí mismo. Una eternidad.



No sentí dolor. Es un cuento que ardan los nudillos nada más hacerlo. Simplemente, no pude quitar la vista de encima a aquel cuerpo que todavía palpitaba, mientras mi piel seguía cubriéndose de rojo. Sabía que su corazón latía. Su pecho, aquél que había deseado suciamente durante tanto tiempo y que nunca me fue entregado, bombeaba vida, una vida que se escapaba entre mi mirada incrédula y cobarde. Pero Laura no lo era. No lo fue cuando gritó, ni cuando recibió el golpe. Tampoco quiso serlo cuando se abandonó para, a su vez, abandonarme a mí, en la más absoluta soledad y valentía.
Yo nunca pude dejar de serlo. Ni siquiera cuando, aun sabiendo que todavía vivía, abrí la puerta como si aquello hubiera sido un mal sueño. Cuando cerré la esperanza de ser feliz junto a ella, aunque sólo fuera por un instante, hasta que mi libertad se esfumara para siempre.


UNA VIDA

Margarita está en el infierno. Al menos, para ellos. Y eso que tuvo los doce hijos que Dios había dispuesto. Que había sido capaz de llegar virgen al matrimonio, de hacer apostolado, de dar felicidad a su marido en la cama y en el plato, y de ganarse el cielo en cada misa. Pero aquella soga fue más fuerte que todo lo que el Señor quiso saber de ella hasta el momento en el que decidió rendirse.


Candela Martín

jueves, 26 de noviembre de 2009

Ejercicio: "Un gesto ante el espejo". Asignatura: Prácticas de Escritura.

Es el momento. Nadie va a abrir la puerta; he sacado la llave del cerrojo de fuera para, posteriormente, insertarla en el de dentro y darle las tres vueltas que son capaces de prestarme la más absoluta intimidad. Sola ante la cama, la mesa de estudio, la incómoda silla, la estantería y el armario. Para las demás, es lo único que mi habitación esconde. Para mí, hay un mundo de secretos que sólo Él conoce. Empezando por el espejo.
“¿Está prohibido tener espejo?”, pregunté una vez. Desviando los ojos, me contestaron, una tras otra, que no. No es recomendable, no es correcto, no se debe… En definitiva, tenía que aprender a prescindir de él. O eso pretendían.
Pero mi hermana Rosario, la que más sintió mi partida, un día me sorprendió con un regalo envuelto en papel burbuja. “Un cuadro pintado por mí”, dijo al entrar. Una obra de arte sí era: reflejaba mi aspecto, mañana tras mañana, con una belleza que ningún otro espejo me había otorgado. Lo colgué en una de las puertas del armario, hacia dentro, cubierto por los abrigos de invierno. Nadie, desde la visita de Rosario, me volvió a preguntar por el cuadro. Esas cosas banales, aquí, no importan.

Abro de par en par el ropero. La puerta izquierda es pura, inmaculada, virgen y ajena a lo que ocurre enfrente. Sin embargo, no soy capaz de hacerlo sin ella custodiando, ofreciendo la seguridad de un confesionario con su cálida acogida. La derecha me espera. Es ahí donde se esconden mis sueños, mis ilusiones, la parte oculta de mi ser que aún no ha desaparecido. Algún día no necesitaré hacerlo, pero hoy lo tomo como algo necesario.
El reflejo en el cristal, con la luz del amanecer inundando mi costado, se me antoja hermoso. Una mujer joven, no demasiado alta, con la melena recogida en un moño y un camisón que alcanza los dedos de los pies, se presenta ante mí. Dulce y tierna, sin duda. Sin embargo, algo falla. Los ojos miran entristecidos, mostrando un azul grisáceo carente de brillo y muriendo entre las oscuras ojeras de la penitencia eterna.
Debo atreverme. Esa chica no puede quedarse así, siempre. Al menos, mientras su piel no haya insinuado arrugas, sus curvas sigan firmes y su rostro, radiante. Es ahora, no mañana.
Desabrocho los botones del camisón, uno a uno, comenzando por el del cuello. Los hombros, los pechos, endurecidos de la emoción, el ombligo, el pubis, las piernas, se descubren como los de una muchacha cualquiera, como ésa que tomó las riendas de su vida de otra forma.
Solos yo y mi pecado original. La confesión vendrá más tarde.
No puedo entretenerme. Debo practicar antes de que llamen, asustadas, a la puerta, a la hora del desayuno.

Veo cómo la mujer del reflejo empieza a hacer lo que yo tenía miedo de experimentar. Se aleja, con zancadas largas, sin dejar de mirarme, para colocarse apoyada en la pared. Puedo ver cómo su tórax se mueve, enérgicamente, arriba y abajo. Estoy nerviosa, y ella también. Sabemos lo que va a ocurrir. De pronto, sin yo esperarlo, empieza. Una pierna delante, luego la otra, y ya lo estamos haciendo. Movemos las caderas al compás, de un modo extraordinariamente sensual. Me sorprendo: lo he conseguido. Los pies, lentos, continúan acercándose al espejo, mientras nos contoneamos como cualquier buscona que no sepa lo que es el pecado. Nos estamos acercando. Ella y yo, aunque lentamente para prolongar el placer, estamos a punto de chocar. Y será entonces cuando el gesto que tanto he deseado venga acompañado de las palabras que necesito pronunciar. La sensación lujuriosa va en aumento y noto cómo yo misma me deseo. Él me está observando con el ceño fruncido, lo sé, pero ya hablaremos más tarde.
Sin apenas darme cuenta, ya estamos frente a frente; esa mujer de mundo reflejada en mí, ese yo reflejado en ella, desnudas, embadurnadas de erotismo, a punto de decirlo.
Se toca los senos como nunca había visto hacerlo a nadie, y yo también. Con su mano derecha se suelta el pelo; yo lo hago con la izquierda a la par. Ya llega, noto cómo las palabras se pelean por salir de nuestras bocas.
- Quiero follar con usted, Padre Damián.

Yo pensaba que no iba a ser tan directo. Que mediría mis impulsos, que Él me frenaría, que no sería capaz. Pero lo he dicho. Lo hemos dicho. La chica dura y yo. Y de una forma obscena, como lo haría cualquier prostituta que buscara sexo rápido sin sentimiento alguno.
Veo que la oscuridad de sus ojeras acrecienta. No deja de mirarme, pero la mujer fatal que parecía se desmorona, y yo igual. Se tapa el pecho y el pubis y, mientras a mí me empiezan a escocer los ojos, veo una lágrima sostenida en sus pestañas. No puede más; yo tampoco. Dejamos de mirarnos por un momento, pero cuando cojo con los dedos la cruz que me cuelga del cuello para besarla, veo de reojo que ella también lo está haciendo.
No he debido, no he debido, no he debido. Entono el mea culpa mientras, sin poner freno, lloro a caudales. ¿Cómo voy a confesar esto? Me he quedado sola ante el pecado. El reflejo se marchará cuando cierre el armario, seguirá con su vida de chica fácil, pero yo debo cumplir sus órdenes, día tras día, con esta suciedad. No podré confesárselo al Padre Damián, me tomará por loca, querrá que salga del convento y me convertiré en una más, llena de grasa de hombre, de placeres ateos, de mal, de mal, de mal…

Llaman a la puerta. Van a pillarme. Aunque haya cerrado por dentro, pueden abrir con el cerrojo de emergencia y descubrirme. Será la Madre Superiora, además, la que me vea en estas condiciones. No tengo excusa porque no me da tiempo a limpiar mi cuerpo y mi espíritu antes de que cruce el umbral.
Y así es. Está dentro, con su bata blanca, sus gafas de pasta y su bolígrafo en el bolsillo. Como siempre, intenta aparentar calma. Sabe que estoy condenada, que Él no me perdonará jamás. No sirve de nada que patalee, que esté gritando, que intente romper el cristal del espejo con la cabeza para que no lo vea. Ya me ha puesto la camisa, ha colocado el desayuno bajo mi lengua y me ha confesado con la mirada, aunque no sea el Padre Damián.

Candela Martín

Ejercicio: "Un líquido en el cuerpo". Hecho en clase, 40 minutos. Asignatura: Prácticas de Escritura.



Manuel duerme plácidamente en la cuna blanca, tan típica de los hospitales. Tengo el pecho dolorido, aunque menos hinchado que nada más dar a luz. No obstante, sigue siendo extraña la sensación de acumular leche en un lugar tan erótico. Recuerdo que mi marido, cuando quedé embarazada, fantaseaba con el hecho de beber de mis pezones de una manera sensual. Pero la primera vez que se escapó un gota, mientras hacíamos el amor, se asustó tanto que nunca más volvió a hablar del asunto.

Y es que mis pechos, con leche incluida, crecían más rápido que la tripa de premamá que tanto necesitaba para que me dejaran sentarme en el metro. Ese líquido blanco, tan natural como la vida misma y, sin embargo, tan ajeno a lo que yo ideaba sobre el embarazo, fluía de un modo punzante, doloroso, desagradable en mi interior, desde meses antes de que Manuel naciera.
Es cierto que podía imaginarme a mí misma dando de mamar al futuro bebé, pero jamás pensé (hasta que mi cuerpo me obligó) que tendría que convivir con ello no sólo después, sino antes de que se produjera el alumbramiento.

Y aquí estoy, después de alimentar por quinta vez al pequeño con mi propia leche y sin que ésta me deje respirar.
Mi marido me ha dicho, vulgarmente, que tengo una teta más gorda que la otra. Y, la verdad, me toco la derecha (la que, supuestamente, gana a la otra en dimensión) y noo que el líquido materno es más denso que en la izquierda.
Los médicos, al observarlo (evidentemente, con una mirada menos ordinaria y más científica), me han recomendado ofrecer el pezón derecho a Manuel hasta que la simetría vuelva a su lugar. Pero el niño, que es Tauro, está empeñado en el otro y llora si le doy ése.

Así, la leche crece por minutos, hasta que mi madre me traiga el 'sacaleches' que, al parecer, necesito. Es una pena que mi marido no siga con la misma idea de hace meses.

Candela Martín

Ejercicio: texto que sugira una madre/humo. Asignatra: Técnicas de la Inspiración



La niña siempre estaba triste. Su madre, cada día más delgada, aparecía en la habitación a oscuras, camuflándose entre las tinieblas de la noche con su tez grisácea y su cabello color ceniza. Nunca llegaba a besarla; antes de que su hija pudiera captar con nitidez su presencia, se marchaba tan rápido que parecía evaporarse. Sólo dejaba el perfumado rastro de su aroma, que se disipaba entre las lágrimas de la pequeña. En ocasiones sentía una tibia brisa que movía suavemente las sábanas y que, tras su paso, enfriaba la soledad del dormitorio infantil. Sus pasos de tacón, veloces y afilados, rompían el silencio, llenando los segundos que los seguían de un eco mágicamente nostálgico.
Con tan sólo cuatro años, no sabía lo que era llamar a alguien “Mamá”. Las visitas fugaces, sin cariño, los minutos a solas, no llenaban de dulzura su infancia. Y su madre lo sabía, pero seguía estando sin estar, huyendo sin huir, viviendo sin vivir.

Candela Martín

Ejercicio: un sueño mientras sucede, el despertar del personaje y vestirse a oscuras. Asignaura: Prácticas de Escritura




Joaquín, Arturo y Mola bailan reggaeton. La música retumba en mis oídos. Sale de los bafles de mi derecha, que vibran. Pum, pum, pum. “Papi, dame lo que quiero”. Y me muevo. “Papi, dame lo que quiero”. Un sorbo. Amargo en la lengua, pero me pone más pedo todavía. “¡Te quiero, tío!”, Mola me abraza. Saltamos. La música sigue sonando, alta, me ensordece, pero no paro de moverme. He bebido mucho. Me duele la cabeza. “¡No pares!”, Joaquín. Sólo veo sus ojos, rojos del humo del tabaco. Toso. Necesito salir. “Espera, que te están mirando las nenas”, Arturo. Un grupo de chicas rubias me observan. Voy pedo, bailo muy bien y me subo a la barra. “Papi, dame lo que quiero”. Se me cae la copa, pero no importa, porque… qué pedo. “¡Baila, baila, baila!”, gritan las rubias. Son todas iguales, las tres. Vestido rojo, un escote que te mueres. Qué pivas, troncos. Bailo y bailo, me muevo y me muevo, porque el whisky está dentro de mí. Nena, nadie como tú. Ella es una. Es morena. No tiene vestido rojo, lleva vaqueros y una camiseta blanca. No tiene las tetas grandes. Coño, qué miedo. Qué pedo voy. No me eches la bronca, amor, no he hecho nada, sólo me he subido a la barra a bailar. ¿Con quién te has liado? Con nadie, con nadie, cielo, te amo, sólo a ti. Ella ya está morreándose con otro. Hijo de la gran puta. ¡Hijo de puta! Pero no puedo darle una hostia ahora, está mi jefe mirando y el café de la máquina de la oficina arde. Sigo pedo, cojones, y son las 8 de la mañana ya. Don Mariano, ahora le entrego los documentos. Espere un momento. En el baño está ese cabrón. María ya no está con él, está esperándome en la cama del hotel, el hotel al que vamos cuando salimos de fiesta. Ya vuelvo, Don Mariano. Ahí está, en el baño de la discoteca. Hay humo y no veo, pero lanzo mi puño al aire. No le doy. Está detrás de mí. En el espejo, el reflejo de María. “Papi, dame lo que quiero”. “Te quiero, tío”. Me derraman una copa encima. Arturo, pega a ése, que se estaba pimplando a mi piva el cabronazo. Qué dolor de cabeza, joder. Me hierve el cuerpo. El café de la máquina. Don Mariano. ¡Joaquín!

Las piernas están dormidas. Los brazos me dan pinchazos, y la cabeza me estalla. Qué sensación… uf, puta resaca. ¿Dónde estoy? Tengo que encender la luz. La lámpara no está a la izquierda. ¡Coño! Un cuerpo a mi derecha. Mierda… seguro que he vuelto a este puñetero hotel, caro de cojones, con María. Hasta que tengamos pasta para comprarnos una casa… A ver, la luz. Tengo que atravesar el cuerpo. ¡Ay! ¿Y esta pechuga? Mari, estás comiendo bien, ¿eh, guapa? Vamos a ver… que ya llego, ya… estiro el brazo un poco más… ahí, interruptor.
- ¡Hostia!
No es María. Sólo veo una cabellera rubia y un par de melones del tamaño de Marte. Pero bueno… ay, mi cabeza. Voy a darle un golpecito, a ver qué pasa. Debo estar soñando todavía.
¡El cuerpo se mueve! Ay, madre, que esto es real. Que es una piva en bolas en mi cama. Pero… no es mi cama. ¿Dónde cojones estoy?
- En la calle Puentelarra, 5.- dice la tía de las tetas.
Joder, joder, joder… esta vez la he cagado, y bien. No recuerdo nada de anoche, pero la he debido liar parda. María me va a matar. Bueno, no me va a matar porque no se va a enterar. Por cierto, ¿qué hora es?
¡Me cago en…! ¡Las ocho y media! Mierda… ya sabía yo que no era buena idea salir un jueves. Cabrones, ¿dónde estáis? Me la habéis jugado… siempre diciendo que me controléis, que el alcohol me deja to loco, y nada… Hijos de puta. Me tengo que ir ya. Don Mariano va a matarme, hostia.
- Buenos días, mi vida.- continúa hablando el par de melones. ¿Mi vida? ¿Pero qué dice esta gilipollas? Me voy a levantar de la cama, a ver si se pispa de una vez de que no me acuerdo de por qué estoy con ella ni me importa.

Pero la ropa no está tirada apasionadamente por el suelo, como debería ocurrir tras una noche de lujuria. Tampoco colocada sobre la silla, ni sobre la mesa. La habitación me resulta familiar. No es la resaca… yo he estado aquí antes.
- Aquí tienes, amor mío.- vuelve a salir de la boca desconocida. Me doy la vuelta y allí está ella, con su pecho protuberante, sacando mi traje de la oficina perfectamente planchada, directamente del armario. Un armario sobre el que cuelgan algunos de mis diplomas: Certificate of Proficiency in English, Licenciado en Derecho por la Universidad Complutense de Madrid, Nivel Avanzado en Vela y Piragüismo… pero, ¿es esto una broma?

Cuando me quiero dar cuenta, la rubia se ha vuelto a meter en la cama y ha apagado la luz. ¿Qué es esto? No quiero volver a encenderla, no sea que lo que he visto y oído sea real… ¿Dónde está María?

Los pantalones, la camisa y la chaqueta, suaves y perfumados, sobre mis manos. Ella los ha dejado ahí antes de dormirse de nuevo. ¿Cuánto tiempo ha pasado? No lo sé. Coño, el reloj. Las ocho cincuenta y tres. Es la peor resaca de mi vida, desde luego.
A oscuras, coloco suavemente la chaqueta y la camisa sobre la cama, acaparando sólo los pantalones. Desabrocho el botón (¿desde cuándo María abrocha los botones después de planchar? Si es que alguna vez planchó…), me agacho y meto una pierna, muy despacio, procurando no perder el equilibrio. La otra, y los subo. Cierro la bragueta. Me aprietan un poco. Debo tener el estómago lleno de líquido aún. Tanteo el borde de la cama, donde dejé el resto de la ropa, y repito la misma operación. De nuevo, los botones de la camisa, cuidadosamente abrochados. La chaqueta, con un aterciopelado tacto… da gusto sentirla. No recuerdo haberla llevado al tinte.

Como si conociera el lugar donde estaba (¿lo conozco?), camino por el pasillo, desemboco en el salón y cojo mi cartera, situada en el mueble de la entrada junto a otra de color blanco. No puedo evitarlo. Abro la ajena, delicadamente, e inspecciono lo que guarda su interior. Debe ser un mal sueño. En el DNI (lo único que me interesa conocer), la foto de la rubia tetuda. De nombre, Sandra Jiménez López. No es morena. No es María. Pero es ella.
Unos pasos.
- Cariño, quedamos para comer. He hablado con éstos. Creo que hay algo que tienes que contarme.

Candela Martín

Ejercicio: hostilidad/rutina. Asignatura: Técnicas de la inspiración

Para la asignatura de Técnicas de la Inspiración, la profesora nos dio una serie de acciones neutras para que, con ellas, creáramos dos escenas: en una debíamos dar sensación de hostilidad, en otra, de rutina. Aquí está el resultado.


- Escena: hostilidad

Eran las seis cuando Roberto llegó a casa. La primavera, que ese año se antojaba lluviosa, empezaba a alargar los días y daba la sensación de que nunca llegaría la noche, el mejor momento para descansar.
Y es que el hombre, jubilado desde hacía cinco años, en pocas ocasiones tenía la oportunidad de ausentarse de los acaparadores brazos de su esposa, quien le quería siempre donde ella estuviera.
Pero aquel día sería distinto. Roberto no iba a permitir que Rosa le cortara más las alas. Había encontrado a una hermosa joven en el prostíbulo (donde iba cuando, tras una larga regañina, convencía a su mujer de que estaría jugando a las cartas con un amigo con quien, previamente, se había compinchado) y se iba a marchar con ella, aunque tuviera que cruzar la línea de la legalidad.

Ya era extraño que Rosa no estuviera en el porche, esperando con una mueca histérica. Su marido se asomó por la ventana y descubrió que se hallaba inmersa en las tareas de la limpieza. No había nada que le gustara más a la celosa mujer: con una fregona y un cubo, podía olvidarse por un rato del hombre y ser, durante unos minutos, feliz. Desde que, hacía 30 años, Roberto le fuera infiel con una amiga común, había decidido hacerle la vida imposible. Seguiría con él, hasta la muerte si fuera necesario, pero encargándose de que nunca más volviera a sonreír.

El marido no quiso interrumpir el minuto de gloria de su esposa y se quedó mirando la lluvia durante unos segundos, meditando, al resguardo del lujoso porche. De pronto, se le ocurrió mirarse las manos: enternecidas tras el tacto de la joven prostituta, confesaban el rastro de su infidelidad de un modo demasiado claro; demasiado dulce para lo que tenía en mente hacer un poco más tarde. Debía tenerlas limpias antes de que ella las tocara o su plan no podría ser realizado. Aprovechó el chorro de agua que caía del canalón para lavárselas, rudamente, como el hombre frío en el que debía convertirse. Las huellas de pasión desaparecieron por completo cuando se secó las manos con un pañuelo bordado por Rosa que siempre llevaba en el bolsillo. Todo estaba en orden, pero no podía evitar sentirse algo nervioso y se sentó en el banco de madera del porche para relajarse.

De pronto, unos golpes en el cristal de la ventana. “¡Roberto, Roberto!” se traducía en los labios insonoros de la mujer.
Era el momento. Roberto tomó el pañuelo, medido y estudiado previamente, el cual, satisfactoriamente, cumplía la función para la que lo necesitaba: que, al menos, fuera tan ancho como el delicado cuello de Rosa y tan fuerte como para soportar la tensión se sus manos.
Entró a la casa, a la que nunca más volvería.


Candela Martín

- Escena: rutina


Eran las seis cuando Roberto llegó a casa, como cada día, de la oficina en la que trabajaba como funcionario. La lluvia en Ourense empañaba cada jornada su camino, en el que nunca se entretenía salvo en casos excepcionales.
Él sabía que a su esposa le gustaba comenzar a hacer las tareas de la casa una hora antes de su llegada. Por ello, no le sorprendió verla, todavía fregona en mano, cuando se asomó por el cristal de la ventana.
Esperó a que terminara en el porche, contemplando la lluvia, que nunca remitía. Unos minutos después se acarició las manos, resecas de manejar durante horas hojas y hojas papel, y decidió refrescárselas en el chorro de agua que caía del canalón. Le gustaba hacerlo cada día. El posterior abrazo a su mujer sería fresco, suave, ajeno al estrés que producían ocho horas de trabajo burocrático.
Una vez secadas las manos, solía sentarse en un banco de madera del porche, hecho por él mismo hacía unos años y que, sorprendentemente, no se estropeaba por la humedad. “Una buena madera, sin duda”, pensó Roberto, como cada tarde.

Unos golpes en el cristal de la ventana servían de señal para que el marido se diera cuenta de que su esposa había terminado sus labores. Tras escucharlos, Roberto se levantó de su asiento y entró, recordándose a sí mismo que tenía que arreglar el pomo de la puerta, que estaba un poco suelto.

Candela Martín